LOS BANDOS DE LA GUERRA CIVIL GLOBAL

 


Por Jaime Ruiz - Blog País Bizarro

Los nombres

Nunca se insiste suficiente en señalar el error de concebir la política como un conflicto entre la izquierda y la derecha, ¿qué significan esas palabras? Todo el mundo está seguro de entenderlas, más cuanto menos se haya leído o, al menos, vivido. Hace cincuenta años fumar marihuana o ser amanerado eran muestras de la decadencia del capitalismo y la persona de izquierda era lo contrario de eso, era el intelectual serio que estaba por transformar la sociedad y construir un mundo justo. La izquierda decía defender a los pobres, ahora defiende a los diversos, pero todos creen saber de qué hablan al usar esas palabras.

Como representación de tendencias políticas, ese uso se llama metonimia, que es como cuando se dice “pluma” por “escritor” o “las canas” por “la vejez”. En cierta asamblea parlamentaria los reformadores se sentaron a la izquierda y los tradicionalistas a la derecha, los primeros representaban las ideas liberales de autonomía de los individuos y fin de la esclavitud y la exclusión, así como de los privilegios de cuna. Hace doscientos años la metonimia tenía sentido, ya no. Hoy en día la llamada izquierda representa lo contrario, pero a nadie le importa, ya decía Ortega y Gasset que la política y el amor son los dos temas más complejos y de los que sin embargo todo el mundo cree que puede aportar algo. Hace casi cien años el pensador madrileño explicó que “se había rizado el rizo” de las experiencias descritas con esas palabras.

Una persona que se oponga al totalitarismo y defienda la libertad debe rehuir esos términos, se usan de forma perversa para ocultar el sentido de las actuaciones políticas, el socialista corrupto evoca los valores de izquierda para que sus partidarios se olviden de los escándalos, el comunista no dice que apoya los crímenes terroristas, pero es leal a quienes los cometen porque son de izquierda… (Recuerdo a Carlos Lozano en los años del Caguán contestar exactamente así a un periodista.) La gente torpe cree que ser de izquierda o de derecha es un aspecto de su identidad como ser hincha de un equipo de fútbol y sean cuales sean las actuaciones de los suyos, las apoyarán tal como apoyan a un equipo aunque sus jugadores sean violentos o su entrenador sea inepto.

Cuando las personas rectas se declaran de derecha están legitimando a los totalitarios, que ya no resultan ser un error sino un bando legítimo, un lado de las cosas sin el cual no habría juego. Como si no fuera necesario que desaparezcan pues sería como si en un torneo sólo pudiera jugar un equipo o como si las cosas sólo pudieran tener un lado.

Las opiniones

Cuando se usa la palabra ideología a veces se alude a izquierda y derecha, pero podría plantearse de otro modo, por ejemplo, hay personas de ideología conservadora, liberal, socialista, etc. Suele consistir en un conjunto de respuestas previas a las preguntas que la persona tiene como recursos reactivos. Se puede hablar de prejuicios, pero en general reflejan la moralidad de la gente y el papel que quiere tener en el mundo. Es decir, casi nunca se trata de errores cognitivos o falta de información, ni siquiera el impacto de la propaganda es tan decisivo. La persona que toma partido por alguien como Petro casi siempre es alguien que obtiene algún rédito de esa adhesión, aunque sólo sea el halago que cree obtener o la venganza por algún agravio imaginario. Los políticos viven de los votos de los ciudadanos, quienes votan por políticos socialistas son responsables de lo que éstos hagan.

Pero ciertamente hay un conflicto político en todos los países de Occidente entre un bando socialista y un bando liberal-conservador. La llamada izquierda intenta sobrevivir al fracaso primero del socialismo nacionalista, después del comunismo y finalmente de la socialdemocracia. El socialismo nacionalista, por las circunstancias en que accedió al poder como representación de los sueños de la generación nacida a finales del siglo XIX y principios del XX —que en Europa había tomado parte en la Gran Guerra y que esperaba hacer valer su fuerza para practicar el saqueo en su propio país al no poder hacerlo en los demás—, se apoyaba a veces en discursos ultramontanos que poco tenían que ver con el socialismo, pero si consideramos lo que es socialismo más allá de los prejuicios, nadie lo expresó mejor que Mussolini: “todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”. Es decir, el fascismo, que por lo demás no aceptaba la oposición izquierda/derecha, es la mejor refutación de ésta. Mezclaba nostalgias imperiales, nacionalismo extremo, tradicionalismo y lo que hiciera falta, pero el punto clave era la expansión del Estado.

En Colombia se suele relacionar a Jorge Eliécer Gaitán con el comunismo, podía ser a la vez un líder fascista típico (se había doctorado en Roma en 1927 con Enrico Ferri, un importante ideólogo fascista) sin que su discurso se diferenciara mucho del de los comunistas: un líder populista-nacionalista que arrastraba a las masas y convocaba marchas de gente uniformada y que de haber triunfado se habría parecido más a Perón, otro fascista, que a cualquier comunista.

El gasto público

Lo que define el mundo moderno en Occidente, aún más que la tecnología o las instituciones democráticas, es el gasto público. Hace 150 años era en el Reino Unido del 9,4 % del producto interno bruto, en Francia del 12,6 % y en Alemania del 10 %. En 2025 es del 43-44 % en el Reino Unido, del 57 % en Francia y del 49-51 % en Alemania. Un crecimiento semejante se ha dado en todos los países de Occidente. De ese gasto, de los grupos sociales que viven del Estado, es de lo que tratan las ideologías y los conflictos de valores. En 1876 el porcentaje de empleados del Estado entre el total de los ocupados era del 3-5 % en el Reino Unido, del 2-4 % en Francia y del 3-5 % en Alemania, mientras que en 2025 era de 17-18 % en el Reino Unido, 20-22 % en Francia y 11-12 % en Alemania. Si se piensa en las personas cuyos ingresos provienen del Estado (contando los que cobran pensiones públicas de jubilación y subsidios) era en 1876 5-8 % en el Reino Unido, 4-7 % en Francia y 5-8 % en Alemania. En 2025 esas cifras habían llegado a ser del 45-55 % de la población total en el Reino Unido, 50-60 % en Francia y 40-50 % en Alemania

La sociedad moderna está definida por ese conflicto; en general, en Iberoamérica el bando del Estado es el de los grupos parasitarios de la sociedad tradicional, cosa obvia y fácil de explicar salvo para quienes creen que las palabras izquierda y derecha representan algo cabal, como bandos en la lucha de clases de la concepción marxista o como ideologías de egoísmo versus altruismo o desigualdad versus redistribución.

El economista francés Tomas Piketty señalaba que después de la Segunda Guerra Mundial las personas que votaban por los socialistas habían pasado a ser los que habían ido a la universidad en lugar de los obreros y otros sectores económicamente desfavorecidos. Perdón por insistir en que no se trata de opiniones casuales sino simplemente de intereses, no es que los comunistas se apropien de las universidades y les inculquen sus opiniones a los educandos, sino que los que esperan que el gasto público remedie sus problemas económicos ya no son los pobres sino los que han pasado por la universidad.

Sobre eso, al igual que sobre todas las cuestiones relacionadas con el socialismo, hay que tener mucho cuidado porque la inmensa mayoría de la gente está imbuida de esas ideas y aun los “paganos” se niegan a entender que si sus ingresos no provienen del Estado son ellos los que lo mantienen, no los demás, como creen muchos porque los impuestos no se los cobran directamente.

En los tres países mencionados las personas que terminaban una carrera universitaria era en 1876 de cerca del 0,1 %, actualmente es del 50-54 % en el Reino Unido, del 33-40 % en Francia y del 30-36 % en Alemania. ¿Cuál es el problema?, se preguntará el lector, y es por lo que decía que todo el mundo está imbuido de ideas socialistas, se debería considerar un gran logro que tantos tengan ocasión de educarse, pero por una parte ése es un gasto mayoritariamente público, es decir, de todos, incluidos los que no estudian o no tienen hijos o pagan universidades privadas, y por la otra, que es lo decisivo, la inmensa mayoría de las titulaciones sólo sirven para ocupar puestos públicos fuera de la producción de bienes y servicios.

Entre las personas que han ido a la universidad en Estados Unidos menos del 30 % han estudiado carreras STEM (ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas), Derecho, Medicina y Arquitectura. Por fuera de estas profesiones, los ingresos de los titulados son escasos y es lo que explica su adhesión a la “izquierda”: el Estado asume nuevas tareas, necesita educar a la población, necesita proteger a unos u otros, y para eso contrata a los egresados universitarios, que no necesitan siquiera tener empleos públicos porque los contratan ONG que reciben dinero del Estado y que no rinden cuentas a nadie, ni se las puede abandonar porque entre quienes forman parte de ellas y quienes reciben recursos de su actuación, hay una masa enorme de votantes que deciden cualquier elección.

Un sistema depravado

Nos hemos acostumbrado a la democracia sin hacer caso a los problemas que presenta. Un gobierno que expanda el gasto público siempre tendrá a su favor a los empleados del Estado, de modo que éstos forman parte de una mayoría que no contribuye (claro que pagan impuestos, pero no tienen un ingreso que no sea lo que el Estado consigue), si reparte subsidios a los pobres siempre tendrá el voto de éstos, más cuanto más gaste. El caso del gobierno español es paradigmático: se compromete a ligar las pensiones a la inflación, de tal modo que la recaudación, ya de por sí elevada y agravada por la inflación (por la progresividad de los tributos, al ganar más nominalmente se paga un porcentaje mayor sin haber mejorado en términos reales), es insuficiente y la deuda pública aumenta sin cesar.

Hace casi cien años José Ortega y Gasset explicaba el problema con estas palabras:

La masa se dice: “El Estado soy yo”, lo cual es un perfecto error. […]
El resultado de esta tendencia será fatal. La espontaneidad social quedará violentada una vez y otra por la intervención del Estado; ninguna nueva simiente podrá fructificar. La sociedad tendrá que vivir para el Estado; el hombre, para la máquina del gobierno.
Y como a la postre no es sino una máquina cuya existencia y mantenimiento dependen de la vitalidad circundante que la mantenga, el Estado, después de chupar el tuétano a la sociedad, se quedará hético, esquelético, muerto con esa muerte herrumbrosa de la máquina…

Más clara es la comparación que establece con la historia de la antigua Roma:

Este fue el sino lamentable de la civilización antigua. No tiene duda que el Estado imperial creado por los Julios y los Claudios fue una máquina admirable, incomparablemente superior como artefacto al viejo Estado republicano de las familias patricias. Pero, curiosa coincidencia, apenas llegó a su pleno desarrollo, comienza a decaer el cuerpo social. Ya en los tiempos de los Antoninos (siglo II) el Estado gravita con una antivital supremacía sobre la sociedad. Esta empieza a ser esclavizada, a no poder vivir más que en servicio del Estado. La vida toda se burocratiza. ¿Qué acontece? La burocratización de la vida produce su mengua absoluta —en todos los órdenes—. La riqueza disminuye y las mujeres paren poco. Entonces el Estado, para subvenir a sus propias necesidades, fuerza más la burocratización de la existencia humana. Esta burocratización en segunda potencia es la militarización de la sociedad. […] ¿Se advierte cuál es el proceso paradójico y trágico del estatismo? La sociedad, para vivir mejor ella, crea, como un utensilio, el Estado. Luego, el Estado se sobrepone, y la sociedad tiene que empezar a vivir para el Estado. […] A esto lleva el intervencionismo del Estado: el pueblo se convierte en carne y pasta que alimentan el mero artefacto y máquina que es el Estado. El esqueleto se come la carne en torno a él. El andamio se hace propietario e inquilino de la casa.

Friedrich Nietzsche explica en un apartado precioso de Así habló Zaratustra (“Del nuevo ídolo”) que todo lo que el Estado tiene es robado. Como se trata de robar, los “monos trepadores” que llegan a la cima del poder se apoyan en lo que sea que les permita conservar el mando y el acceso a los recursos, en las democracias para formar mayorías: igual se alían con los enemigos de la comunidad, como hizo el chavismo con la delincuencia o como hacen los demócratas en Estados Unidos con el alcalde musulmán de la ciudad atacada el 11-S; igual degradar la educación de modo que no haya exigencias para pasar de curso y todos tengan acceso a una titulación: igual se endeudan sin límites, como ocurre en toda Europa.

Eso es lo que enfrenta a las sociedades de Occidente hoy en día, lo que se escoge en las elecciones venideras, el rumbo de la región, que, si no se corrige el rumbo, podría ser en todos los sentidos menos importante que el Indopacífico.

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