EL TONTO QUE SE SIGUE CREYENDO SABIO


 

Por Jaime Restrepo Vásquez

Durante cuatro años, él no supo qué hacer. Antes de 2022, se vanagloriaba de saber cómo enfrentar cada situación, cada crisis y cada amenaza. De repente, ya como presidente, la sabiduría que ostentaba con soberbia, desapareció de la faz de la tierra.

De hecho, cada situación se convirtió, como por arte de magia, en algo para lo que no tenía respuesta. ¿Cómo era posible que le pasara algo así, cuando en el pasado era capaz de diagnosticar —él pensaba que con precisión— cada desafío y también se creía diestro —¿o zurdo? — para plantear soluciones perfectas?

Mientras evaluaba su labor como presidente —esa que él juraba que sería tan inolvidable como su desempeño en las artes amatorias—, la realidad se asomaba ocasionalmente con juicios implacables sobre su inutilidad, su irresponsabilidad y su falta de carácter.

Recordaba esa larga campaña que lo llevó a la Casa de Nariño, que no comenzó en 2018 sino mucho antes, cuando parecía el estudiante aplicado que conocía todas las respuestas, lo que le valió el reconocimiento de los ingenuos e ignorantes como un hombre inteligente, sagaz y muy preparado para tomar las riendas de ese potro indomable que es Colombia.

Fueron más de dos lustros en los que él creyó ser la fuente obligada para diagnosticar las crisis, viéndose a sí mismo como un oráculo al que muchos recurrían para encontrar soluciones, pues los incautos pensaban que solo él tenía la visión para determinar la salida precisa.

La secta en que convirtió a sus simpatizantes, lo repetía una y otra vez: ¡él conversaba con los dioses! Esa imagen, fruto de aquel marketing político que corre las líneas éticas para no consultar con la realidad, terminó por sumar adeptos a esa religión amoral y degradante que él sigue representando.

Pero esa iluminación que tanto le enorgullecía, no por real sino porque convenció a muchos, se apagó el 7 de agosto de 2022: la capacidad para describir con precisión cada situación y cada crisis lo abandonó completamente, las respuestas desaparecieron y esa mente, que él creía perfectamente amueblada, terminó quedando al descubierto como una covacha ruinosa y vacía, convirtiéndose en un portentoso fraude sin pasado ni futuro… ¡Ni hablar del presente!

La venta del producto cuidadosamente maquillado por el mercadeo político había llegado a su fin. A partir del 7 de agosto de 2022, cuando tuvo la oportunidad de demostrar de lo que era capaz, fracasó, ya que, para su desgracia, pasar del dicho al hecho requiere disciplina, talento, liderazgo y buena fe, virtudes de las que él siempre ha carecido.

Entonces, en medio del desconcierto, él y los suyos decidieron continuar con la venta del producto politiquero durante los cuatro años de «gobierno» constituyéndose en una especie de auto oposición pues se dieron cuenta de que él estaba profundamente equivocado cuando creyó en la estupidez de que sus palabras tenían el poder, por sí mismas, de crear, de corregir rumbos y de aliviar sufrimientos.  

La realidad lo aplastó y sus palabrería, siempre inútil y desacertada, terminó siendo un instrumento de entretenimiento y adoctrinamiento que no tenía posibilidad alguna de pasar a la acción.

Las críticas que él lanzó al ejecutar la disparatada estrategia de ser oposición a su propio gobierno, siempre estuvieron orientadas a culpar a otros de sus propios errores, incapacidades y mediocridades, lo que terminó siendo una humillación intelectual y política para aquel que antes se auto percibía como un oráculo de sabiduría y visión.

Así transcurrió la historia de Colombia desde 2022 hasta 2026: exceso de discursos inocuos, majaderías convertidas en sabiduría, anécdotas insulsas y mucha doctrina fundamentalista que jamás haría tránsito a hechos comprobables, medibles y cuantificables. De hecho, si algo caracterizó su paso por la Casa de Nariño fue la ineptitud, la falta de voluntad y la incapacidad para entender los problemas y plantear las soluciones necesarias para aliviar las múltiples y frecuentes crisis.

La falacia de la solución perfecta, tan útil para conquistar a ingenuos y tontos, fue completamente nociva a la hora de «gobernar». Por eso, desesperado y arrinconado, él decidió guardarla en un baúl, esperando mejores tiempos u otro presidente al que pudiera iluminar con esa presunta sabiduría que jamás existió.

No tuvo que esperar mucho tiempo para que apareciera una oportunidad para la resurrección del visionario de las falacias del Nirvana: solo pasaron 11 días para que saliera a pontificar sobre todo y sobre todos, como lo hacía antes de 2022. Porque, hay que admitirlo, lo de él siempre ha sido el señalamiento, el cuestionamiento aleve y la auto convicción de ser el propietario exclusivo de la última palabra sobre lo que se tiene que hacer.

En realidad, hoy se siente capaz de exhibir su ignorancia supina, sin pudor y con soberbia, porque así es él, un personaje diminuto, un cero a la izquierda —muy a la izquierda— en las cuentas implacables de la historia que recordarán el trago amargo que tuvo que pasar nuestro país con aquel deforme moral que no supo gobernar pero que, en sus delirios, siempre se ha atribuido el derecho de decir cómo deben gobernar los demás, porque él, de eso, demostró que no tiene idea.

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