LA CAÍDA DEL HÉRCULES MOSTRÓ LA DEFORMIDAD MORAL DE PETRO


Por Jaime Restrepo Vásquez

Los especialistas son claros al afirmar que una de las características de los psicópatas es culpar a otros de sus propias transgresiones. El doloroso siniestro del Hércules de la Fuerza Aérea en el Putumayo mostró en todo su esplendor, al ser rastrero que vive hoy en la Casa de Nariño.

Algo que los colombianos tenemos claro es que Petro no logró superar su postura de opositor permanente al gobierno, incluso al que él mismo encabeza. De ahí que en lugar de honrar la dignidad que le fue otorgada en las urnas, decidiera socavar su investidura planteando cuestionamientos y señalamientos que él —Gustavo Petro— está llamado a responder como presidente.

Han pasado 1 329 días en los cuales, Petro no asumió su responsabilidad, atacó sin misericordia, y con la guachada propia de un ser tan diminuto y despreciable, a todo y a todos menos a él. De hecho, ha demostrado que posee una autoimagen de pontífice «revolucionario» con la que se cree poseedor del don de la infalibilidad, contradiciendo las evidencias que demuestran que es uno de los seres más equivocados y obtusos del planeta.

En este punto, la imaginación se desborda y llega a la mente, una escena en la que ese «pontífice» celebra el «logro» de acabar con la vida de decenas de militares, así sea en un avión que estaba también bajo su mando. En esa visión, Petro se siente complacido porque el sueño de todo «revolucionario» —asesinar militares— se cumplió en el Putumayo. Tal vez por lo anterior, Petro no pudo empatizar con las víctimas y por eso optó por instrumentalizar el dolor ajeno con fines políticos.

Con la tragedia del Hércules, Petro fue más allá y trató de achacarle la culpa del accidente a otros, mintiendo sin pudor y mostrando la falta de rigor —que es un principio básico de la gente con honestidad e integridad— en cada uno de sus pronunciamientos.

Primero dijo que Duque había comprado el avión. Fue desmentido. Después aseguró que era un regalo muy caro, porque la actualización de la aeronave era más costosa que el mismo aparato. Sin embargo, el comandante de la FAC informó que el mantenimiento del Hércules FAC 1016 costó cerca de tres millones de dólares, es decir, casi USD 27 millones menos de lo que cuesta uno solo de estos aviones —el más barato cuesta USD 30 millones y el más costoso llega a los 80 millones de dólares—.

También habló de un avión chatarra, como si los mismos aparatos con la misma fecha de fabricación no estuvieran volando plenamente en más de 50 países del mundo, incluidos los Estados Unidos. Ni hablar de los DC-3 que surcan los cielos de los Llanos Orientales, aviones que tienen más de 80 años de antigüedad y siguen volando, imponentes, como si nada. Algunos de esos DC-3 —C-47 Skytrain en su versión militar— son hoy por hoy, los aviones Fantasma de la FAC y, curioso, el mandamás no se ha quejado de la antigüedad de esos equipos. 

Petro intentó manipular la catástrofe para enfocarla desde el punto de vista político, sin importarle la tragedia que significa para decenas de familias, el perder a sus seres queridos en un siniestro aéreo. En su deformidad moral, Petro olvidó que, en teoría, lleva 1 329 días gobernando y que el accidente ocurrió justo durante su guardia.

¿Si el avión era una chatarra, por qué el presumido comandante en jefe de las Fuerzas Armadas permitió que siguiera volando? ¿Por qué recibió, con bombos y platillos, aeronaves regaladas por los Estados Unidos si, según él, son hierro viejo? Ya sabemos que, en Petro, la coherencia es un privilegio inexistente y que su verborrea y la convulsión por la red X lo llevan a equivocarse una, y otra, y otra vez. Pero usufructuar el dolor ajeno cruza cualquier límite ético y moral.

Además, hacer uso de un siniestro aéreo para hacer politiquería es un irrespeto para las víctimas, para sus familias y para ese segmento de la nación que todavía se empeña en creerle. Además, los esfuerzos inútiles de crítica y retrovisor, solo sirven para ver el panorámico de su propia ineptitud, de su incapacidad para gobernar y, sobre todo, de su imposibilidad para asumir responsabilidades y culpas.

Así como Petro aseguró que la muerte de Kevin fue culpa de la mamá y de una bicicleta, también tuvo la osadía de afirmar que la muerte de nuestros soldados y policías en el Putumayo es un yerro de gobernantes pasados que decidieron recibir donaciones —según él vetustas— que requieren mantenimientos costosos y ese dinero, ya lo sabemos, se necesita para corbatas electorales, burocracia obscena y películas que realcen la figura del mandamás.

Además de Petro, se escriben con P las palabras presidente y patético.

 

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