En el colmo del delirio, el nuevo Aureliano agarró su
celular y comenzó a escribir de forma frenética, en un esfuerzo inútil por
reeditar sus viejas batallas electorales y volver a encontrar su nombre en un
tarjetón presidencial.
La visión fascista y totalitaria de Aureliano lo lleva a
la convicción de que es el presidente de la República quien determina la
existencia de la reelección en la Constitución. El amante «inolvidable» ignora
que es el Congreso de la República el que determinaría, mediante un acto
legislativo, la posibilidad de que un desastre degenerado como él pueda aspirar
nuevamente a la Presidencia.
De golpe, cuando el nuevo Aureliano recobra el sano
juicio, alguien se atreve a recordarle que en la actualidad es imposible que su
cara aparezca otra vez en un tarjetón presidencial y de seguro, ese decreciente
séquito de jóvenes damiselas que conectaron el clítoris con la cuenta bancaria —porque
están acostumbradas a ganarse la vida en aventuras románticas con poderosos
impotentes—, en medio de los lances fallidos del ‘galán macondiano’ le
recuerdan que perdió el poder y que sus alucinaciones carecen de importancia
para los demás.
Después de constatar el ocaso de sus pasiones, el
decadente patriarca de la depravación lanza una nueva andanada, habla de
temores y se adentra en la descripción de su propia condición
de escoria de todos
los mortales, aunque, como siempre, achacándole a otro su patética
autoimagen de squiffo
(sic) ya que, su indigencia intelectual lo somete a la imposibilidad de lanzar
un intento de insulto con la ortografía correcta… Aureliano, ¡se escribe
schifo!
¡Pobre Aureliano Narciso! Después de degustar las mieles de
la autosatisfacción al contemplar frente a él a aquellas hordas contratadas
para aclamarlo y aplaudirlo, ahora solo logra convidar a un puñado de
desocupados que se creen revolucionarios y que solo son, en realidad, el desecho
más lamentable de la sociedad colombiana.
Pero Aureliano no se da por vencido. De vez en cuando
hace una pausa en sus cotidianas «agendas privadas» o en sus decrecientes incursiones
pasionales para volver a soñarse con el poder de hablar minucias ante miles,
blandiendo la espada de Bolívar o alzando la bandera de Guerra a muerte.
Entonces, piensa por algunos instantes y reconoce que la única posibilidad de saciar
su adicción al poder es participar en una contienda presidencial.
¿Cómo hacerlo? Sumergido en el narcisismo propio de los
psicópatas, cree tener la influencia que se requiere para
desafiar al
nuevo presidente de Colombia y exigirle —eso de pedir y de ser respetuoso no
está en su genética— a De la Espriella que habra (sic) las puertas de la
reelección para enfrentarlo.
El miserable Aureliano, esclavo de sus propios delirios,
se niega al olvido y en los escasos momentos de lucidez es abordado por la
horrible visión de ser asumido por la historia como un error protuberante de la
política colombiana: ahí llega el tormento y ya preso de la perturbación
extrema, decide que su nombre debe ser considerado, otra vez, para la
Presidencia de Colombia.
Además, como Aureliano siempre juzga por su condición de
hampón irredento, al ser un sujeto adicto al poder y a la sumisión de todos —a
quienes ve como simples vasallos—, cree que la Presidencia genera en quienes
logran ocupar la Casa de Nariño un nivel de dependencia igual al que él padece.
Así, enloquecido por lo que perdió, busca conquistar a
otros para su aventura de retoma del poder, sugiriendo en su desvarío, que
nadie podría superarlo en las urnas, cuando la realidad es que ya fue derrotado
y que gracias al voto castigo de millones de colombianos, su proyecto de atraco
y corrupción llegó a su fin.
Es de tal magnitud la enajenación de Aureliano, que cree
que el actual líder del ejecutivo puede abrir —sin H, claro está— las puertas
de la reelección, cuando la realidad es que, hasta la misma Corte
Constitucional, esa que él tanto despreció, cerró esa posibilidad de un
portazo.
Aureliano, deje de aullarle a la luna, busque un centro de
rehabilitación y asuma, de una vez por todas, que ya no es nadie y que lo único
con lo que cuenta es con el desprecio de millones de colombianos que no quieren
saber absolutamente nada de usted.
Me encanta esta sátira mordaz y sin filtros sobre el ocaso del mesianismo político. Es claro: las instituciones y el marco constitucional están por encima de cualquier delirio de poder.
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