«AURELIANO» LE AULLA A LA LUNA


Por Jaime Restrepo Vásquez

 
En el colmo del delirio, el nuevo Aureliano agarró su celular y comenzó a escribir de forma frenética, en un esfuerzo inútil por reeditar sus viejas batallas electorales y volver a encontrar su nombre en un tarjetón presidencial.
 
La visión fascista y totalitaria de Aureliano lo lleva a la convicción de que es el presidente de la República quien determina la existencia de la reelección en la Constitución. El amante «inolvidable» ignora que es el Congreso de la República el que determinaría, mediante un acto legislativo, la posibilidad de que un desastre degenerado como él pueda aspirar nuevamente a la Presidencia.
 
De golpe, cuando el nuevo Aureliano recobra el sano juicio, alguien se atreve a recordarle que en la actualidad es imposible que su cara aparezca otra vez en un tarjetón presidencial y de seguro, ese decreciente séquito de jóvenes damiselas que conectaron el clítoris con la cuenta bancaria —porque están acostumbradas a ganarse la vida en aventuras románticas con poderosos impotentes—, en medio de los lances fallidos del ‘galán macondiano’ le recuerdan que perdió el poder y que sus alucinaciones carecen de importancia para los demás.
 
Después de constatar el ocaso de sus pasiones, el decadente patriarca de la depravación lanza una nueva andanada, habla de temores y se adentra en la descripción de su propia condición de escoria de todos los mortales, aunque, como siempre, achacándole a otro su patética autoimagen de squiffo (sic) ya que, su indigencia intelectual lo somete a la imposibilidad de lanzar un intento de insulto con la ortografía correcta… Aureliano, ¡se escribe schifo!  
 
¡Pobre Aureliano Narciso! Después de degustar las mieles de la autosatisfacción al contemplar frente a él a aquellas hordas contratadas para aclamarlo y aplaudirlo, ahora solo logra convidar a un puñado de desocupados que se creen revolucionarios y que solo son, en realidad, el desecho más lamentable de la sociedad colombiana.
 
Pero Aureliano no se da por vencido. De vez en cuando hace una pausa en sus cotidianas «agendas privadas» o en sus decrecientes incursiones pasionales para volver a soñarse con el poder de hablar minucias ante miles, blandiendo la espada de Bolívar o alzando la bandera de Guerra a muerte. Entonces, piensa por algunos instantes y reconoce que la única posibilidad de saciar su adicción al poder es participar en una contienda presidencial.
 
¿Cómo hacerlo? Sumergido en el narcisismo propio de los psicópatas, cree tener la influencia que se requiere para desafiar al nuevo presidente de Colombia y exigirle —eso de pedir y de ser respetuoso no está en su genética— a De la Espriella que habra (sic) las puertas de la reelección para enfrentarlo.
 
El miserable Aureliano, esclavo de sus propios delirios, se niega al olvido y en los escasos momentos de lucidez es abordado por la horrible visión de ser asumido por la historia como un error protuberante de la política colombiana: ahí llega el tormento y ya preso de la perturbación extrema, decide que su nombre debe ser considerado, otra vez, para la Presidencia de Colombia.
 
Además, como Aureliano siempre juzga por su condición de hampón irredento, al ser un sujeto adicto al poder y a la sumisión de todos —a quienes ve como simples vasallos—, cree que la Presidencia genera en quienes logran ocupar la Casa de Nariño un nivel de dependencia igual al que él padece.
 
Así, enloquecido por lo que perdió, busca conquistar a otros para su aventura de retoma del poder, sugiriendo en su desvarío, que nadie podría superarlo en las urnas, cuando la realidad es que ya fue derrotado y que gracias al voto castigo de millones de colombianos, su proyecto de atraco y corrupción llegó a su fin.
 
Es de tal magnitud la enajenación de Aureliano, que cree que el actual líder del ejecutivo puede abrir —sin H, claro está— las puertas de la reelección, cuando la realidad es que, hasta la misma Corte Constitucional, esa que él tanto despreció, cerró esa posibilidad de un portazo.
 
Aureliano, deje de aullarle a la luna, busque un centro de rehabilitación y asuma, de una vez por todas, que ya no es nadie y que lo único con lo que cuenta es con el desprecio de millones de colombianos que no quieren saber absolutamente nada de usted.

Comentarios

  1. Me encanta esta sátira mordaz y sin filtros sobre el ocaso del mesianismo político. Es claro: las instituciones y el marco constitucional están por encima de cualquier delirio de poder.

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