Por Jaime Restrepo Vásquez
Los promotores del colectivismo se rasgan las vestiduras
cada vez que se habla de cooperación y de esfuerzos conjuntos entre estados, en
especial si se trata de Estados Unidos o Israel. Para ellos, eso es
neocolonialismo, fascismo, segregacionismo y otros adjetivos francamente
impronunciables.
Resulta curioso que aquellos que quieren imponer la
anulación del individuo para darle paso al colectivo como única aspiración del
Estado, se quejen por la asociación entre estados, pues la cooperación es, a la
postre, una alianza colectiva de varias naciones para alcanzar un fin.
Seamos claros: no hay nada más representativo de lo
colectivo que la coalición entre estados, pues cada gobierno, de forma
independiente, decide formar parte de un grupo de naciones —es decir, son millones
de personas adscritas a estados diferentes— para trabajar por metas
comunes como la seguridad, la libertad y el combate contra el narcotráfico,
entre otras.
Pero ese tipo de colectivo les resulta repudiable a los
colectivistas de la progresía, en especial, cuando la alianza de varios estados
no se alinea con su propósito fundamental de destruir al epicentro del poder
hemisférico. ¿Al fin qué, les gusta o detestan el colectivismo?
Colombia fue testigo de la alianza del gobierno del M-19 con el llamado eje del mal, especialmente con Cuba y Venezuela, países considerados parias, a los que los miembros de la banda que tomó el poder en 2022 rendían pleitesía y prodigaban elogios y consideraciones de toda índole.
¡Cómo olvidar a la vicepresidenta,
elogiando
el sistema de salud cubano y asegurando que aspiraba a que ese adefesio se
implantara en Colombia! Y qué tal el multiministro Edwin Palma,
caminando
plácidamente con el criminal Nicolás Maduro, tomándose fotos y bromeando
durante su visita a Caracas… O Alfredo Saade, firmando a hurtadillas un
memorando con la dictadura venezolana para la
creación
de la zona binacional, que incluía, en la práctica, la cesión de la
soberanía en regiones como el Catatumbo.
No podemos olvidar a la China, que se convirtió en el
máximo socio de interés para el gobierno del M-19, atreviéndose incluso a
adherir a la Ruta de la Seda, que, a la postre, era un plan para generar una
dependencia comercial de Colombia ante los asiáticos, abriéndole espacio a la
inversión china en sectores como infraestructura, movilidad, conectividad,
energía y servicios básicos.
Pero todas esas alianzas con el eje del mal son alabadas
y vistas con mirada de entusiasmo por la progresía retardataria criolla que no
se despeinaba por la dependencia que estaban generando con la China, ni por la
espoliación de recursos por parte de la potencia asiática, ni mucho menos por la
entrega real de la soberanía a una narcodictadura como la venezolana… ¡Eso les
parecía maravilloso!
Además, esa alianza con el eje del mal tenía un
componente vital: el narcotráfico. El año pasado, Hugo “El Pollo” Carvajal
declaró que el chavismo convirtió el
tráfico
de drogas en una arma de Estado, que era coordinado con las FARC, el ELN y
Hezbollah, para inundar de cocaína el mercado norteamericano como forma de
presión política: dirán los progres que era imposible conseguir mejores aliados
en el planeta…
¿Será que los que hoy chillan con la palabra soberanía
como mantra y que se quejan de ser colonia de los Estados Unidos no se
enteraron de que el gobierno del M-19 arrodilló al país ante el eje del mal, es
decir, ante Venezuela y Cuba? ¿Será que nadie les contó de la Ruta de la seda y
de los pormenores de la narcoestrategia para golpear a los Estados Unidos?
Esa impudicia de la izquierda es detestable: guardan
silencio cómplice por las alianzas criminales con terroristas, bandidos y
narcos, pero son plañideras cuando se establecen acuerdos de cooperación para
combatir a los violentos y recuperar la seguridad de los colombianos. Y después
se quejan porque perdieron las elecciones.
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