¿QUÉ BUSCABA PETRO AL PROMOVER LA CORRUPCIÓN?


Por Jaime Restrepo Vásquez

En la lógica petrista, que es la misma de todos los comunistas en el mundo, la indignación es selectiva, los delitos se miden por el número de víctimas —¡claro, cuando les conviene! — y la corrupción es tan grave como la cantidad de dinero involucrada en la transacción criminal.

En los últimos días, a raíz de la divulgación de los chats de las hermanas Guerrero, han salido algunos mediocres defensores a restarle importancia al asunto, pues según ellos, que hayan traficado con su influencia en la cúspide del poder, cobrando un millón de pesos, es, a lo sumo, una anécdota irrelevante.

Como siempre, el sujeto se equivoca: La corrupción hormiga es tan grave como la megacorrupción. Aquí no se pueden desestimar los hechos y medirlos por la cantidad de ceros a la derecha obtenidos por los corruptos y tampoco se deben soslayar los crímenes por las afinidades ideológicas de los involucrados.

Lo que intenta disimular el narcolibretista es que los hechos conocidos sobre Juliana y Verónica Guerrero, Vanessa Cortés, Gabriela Muñoz y Laura Julieth Martínez Morales, no son incidentes aislados: corresponden al modus operandi de una enorme maquinaria de corrupción y posibles favores sexuales en todos los niveles —y para todos los bolsillos— que instauró Gustavo Petro en la Presidencia. A los nombres de las jóvenes mencionadas hay que sumar, en cuanto a corrupción, a Sandra Ortiz, María Isabel Urrutia, Laura Sarabia y tantas otras mujeres que accedieron a la cúpula del poder para esquilmar los recursos públicos.

Pero el asunto hay que verlo desde una perspectiva más amplia: Como en la izquierda los géneros son fluidos, hay que sumar los nombres de Ricardo Roa, Ricardo Bonilla, Luis Fernando Velasco, Carlos Ramón González, César Manrique, Olmedo López y Sneider Pinilla, quienes fueron parte fundamental del gigantesco concierto para delinquir estructurado por Petro.

Para dimensionar la estrategia del saliente, es necesario ver el bosque y no solo los árboles. Es que el aterrizaje en el gobierno de tipos encartados penalmente, como Daniel Quintero Calle y Armando Benedetti, no es coincidencia: es parte de la operación de macrocorrupción operada desde la cúpula del poder, fichando a los más corruptos y amorales para cumplir con sus propósitos revolucionarios.

El objetivo de Gustavo Petro no era alzarse con el botín: era diseminar la corrupción por todo el Estado para deslegitimar la institucionalidad y facilitarles a los criminales el control en todos los niveles hasta llegar a cada rincón de Colombia. Así, los colombianos clamarían por una solución desesperada a semejante despojo y, era obvio, el único que se vendería capaz de corregir el problema que él mismo había creado era el propio Petro.

Así lo hizo Chávez en su momento, y de ahí salieron las expresiones abominables de corrupción que siguen intactas en Venezuela, pues solo los enchufados, los chavistas de corazón que conectaron la mente con las billeteras —así como en Colombia, muchas conectaron el clítoris con la codicia— obtuvieron el poder en pequeños feudos que les fueron entregados para controlar, esquilmar y convertir en gente vulnerable y dependiente a miles de ciudadanos.

Asimismo, no se puede analizar el macroconcierto para delinquir de Petro y su banda sin considerar el aparato armado y violento que lo ha respaldado. De hecho, los centenares de casos que se conocen —y los que faltan— están íntimamente relacionados con el salvoconducto otorgado al narcoterrorismo a través de la absurda Paz Total, en la que, incluso, desviaron recursos para favorecer al ELN. No se equivoque: todo forma parte del proceso de descomposición institucional anhelado por Petro para imponer la revolución al estilo Lenin, Stalin o Pol Pot.

De hecho, Petro instrumentalizó la codicia infinita de su círculo cercano haciéndose el desentendido ante la contratación de hampones en la que incurrían sus depravados escuderos, pues cada corrupto ejecutando fechorías —de mayor o menor cuantía— era un paso importante en la revolución abyecta que el capo ha soñado desde su más tierna infancia.

Además, el hecho de recibir con los brazos abiertos a degenerados, drogadictos, violadores, abusadores de menores y golpeadores de mujeres, jamás fue un error: eran cartas de presentación que ilusionaban a Petro, pues los actos de depravación en los que habían incurrido, mostraban la amoralidad de sus colaboradores y eso, claro está, era fundamental para instaurar plenamente el proyecto totalitario del petrismo.

Nadie podrá siquiera insinuar que Petro no conocía las andanzas de Benedetti, ni los líos de Quintero, ni las jugadas presupuestales de sus ministros y jefes de departamento: ¡Lo sabía perfectamente, pero le eran convenientes para avanzar en la demolición del Estado!

Colombia se salvó de padecer la etapa de afianzamiento del comunismo en el país, que estaría a cargo de Cepeda. Rectificar el rumbo es solo el primer paso de un largo y doloroso camino de reconstrucción, que nos costará sangre, sudor y lágrimas, pues no fuimos capaces de sacar a patadas a Petro y a su banda de hampones de la guarida presidencial.

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