Por Jaime Restrepo Vásquez
Era previsible que la llegada de un outsider a la Presidencia de la República generara una crisis sin precedentes en los distintos sectores del establecimiento político.
Durante décadas, la izquierda colombiana hizo lo necesario por ubicar a Álvaro Uribe Vélez como el enemigo interno de Colombia: relatos como el de los 6 402, o el de líder del paramilitarismo, o el del fascista extremo, o la atribución de ser la cabeza visible de la ultra hiper mega extrema derecha fueron el pan de cada día en el relato zurdo.
Pero el 31 de mayo, la historia cambió: el esfuerzo de décadas por poner a Uribe como el peor enemigo de los colombianos se fue a la basura, todo por cuenta de la llegada de un nuevo jugador al tablero político nacional. Las calumnias, persecuciones y ataques inclementes contra el expresidente tuvieron fecha de vencimiento, pues en la primera vuelta, Uribe fue enviado por la ciudadanía al retiro forzoso.
Ese día, Uribe salió de la ecuación y se llevó consigo la carga que le atribuyeron de ser el enemigo interno. Era lo peor que le podía pasar a la izquierda colombiana, pues consolidar a alguien como enemigo de una nación, no es una tarea ni fácil ni rápida.
Lo peor para la «progresía» criolla es que al más reciente jugador en la cancha, De la Espriella, le lanzaron ataques rastreros, variados y hasta contradictorios, que no funcionaron por superficiales, vulgares y diminutos, lo que representó un pésimo comienzo para la estrategia de establecerlo como el nuevo enemigo interno. Ante semejante situación, y con solo tres semanas por delante, no lograron consolidar un mensaje coherente, ni articular adecuadamente una táctica que les permitiera achacarle a Abelardo el ingrato título de enemigo de la patria.
Sin embargo, la crisis apenas despuntaba, pues una vez Abelardo de la Espriella fue elegido presidente, el «progresismo» comenzó a disparar a la loca y lanzar cuantas excretas se le ocurrieron, todo con tal de golpear la credibilidad y el carisma del nuevo presidente. Otra vez se equivocaron, ya que la ciudadanía percibió desesperación, improvisación, caos y ausencia absoluta de visión política.
Además, la izquierda soñaba con ver a De la Espriella sentado en el regazo de Uribe Vélez, imagen que era decisiva para transferirle al nuevo presidente los pecados del líder del Centro Democrático.
Pero, ya lo sabemos, pasó todo lo contrario: el CD entró en una espiral de contradicciones y desvaríos, desnudó su profunda confusión ideológica e incluso se sumó a la izquierda en la tarea de cuestionar y contradecir al presidente electo. Total, el burdo intento del paralelismo narrativo entre De la Espriella y Uribe Vélez fracasó estruendosamente.
Y eso es muy grave para la regresía colombiana, porque la actual disputa partidista entre el presidente y el expresidente deja en la retina de la ciudadanía, la imagen de dos sujetos poderosos en combate con dos proyectos políticos muy diferentes y, en algunos casos, hasta incompatibles.
Seamos claros: Uribe fue el leitmotiv de la larga campaña presidencial izquierdista de 2018 a 2022 y ese odio inoculado dio frutos, es cierto, pero terminó sepultado el 31 de mayo de 2026, por la irrupción del outsider que tiene a todos los políticos en un ataque de nervios sin precedentes en la historia de Colombia. No poder achacarle a De la Espriella los falsos positivos, ni el paramilitarismo, ni los ojos perdidos de los imbéciles que salieron a vandalizar en el falso estallido social, es toda una derrota para la izquierda regresista.
Pero los progres criollos no se dan por vencidos: ya comenzaron a sentar las primeras bases de los montajes narrativos, como el fraude, la ilegitimidad de la doble nacionalidad, el haber defendido a narcos y criminales y cosas por el estilo. El problema es que ya utilizaron todas esas municiones y, por lo pronto, fracasaron. Ellos lo saben.
Ante la derrota que les propinó la ciudadanía en las urnas, los progres comenzarán a tomar nota de todo lo que ocurra en el gobierno De la Espriella, no solo para pasarle factura por los desaciertos que cometerá con toda seguridad —ningún gobierno se salva de los errores—, sino con el propósito de recaudar elementos que les permitan construir un nuevo relato, difundirlo y convencer a la gente de que esas ocurrencias son verdad.
Sin embargo, el liderazgo alicaído de la izquierda les juega en contra, pues Petro no podrá regresar a la Presidencia por más que prometa volver —amén de que la gente ya sabe de su pésima gestión— y Cepeda parece más dispuesto a cuidarse de sus dolencias que a jugar duro por recuperar el poder en Colombia. Como ellos gritan en sus frecuentes asonadas, ¡no pasarán!

Leer a Jaime Restrepo me da tranquilidad y esperanza. Conocer la realidad de nuestro país sin filtros ni sesgos ayuda bastante cuando el desconcierto por tanta corrupción, bajeza y desfachatez nos abruma. Bendiciones CTX, abrazos bogotanos!
ResponderEliminarGracias, Lili, por tu compañía.
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