NI RETUITS, NI ME GUSTA, NI COMENTARIOS PARA EL CAPO: SOLO ASFIXIA VIRTUAL

 


Por Jaime Restrepo Vásquez

Durante los últimos cuatro años, muchos hicimos eco de las declaraciones ridículas que demostraban una profunda ignorancia, o de las apariciones en estado de embriaguez, o de los discursos incendiarios, provocadores y retrógrados inundados de racismo, odio, clasismo inverso y misoginia.

Está por finalizar el periodo más oscuro de la historia reciente del país. Durante cuatro años, los colombianos permitimos que una escoria manejara a su antojo la agenda de la conversación ciudadana, no con hechos ni realizaciones, sino con discursos y actos deplorables y amorales.

Hay que reconocer que caímos en una trampa siniestra denominada estrategia de choque mediático, que consiste en que un personaje con visibilidad lance declaraciones o emprenda acciones deliberadamente ridículas, exageradas o provocadoras con el propósito de captar la atención y mantenerse vigente en la agenda pública, sin importar si con sus palabras o conductas sacrifica su propia credibilidad.

Algunos intentamos explicar los fenómenos conductuales o discursivos que se amontonaban con rapidez inusual, tratando de contextualizar lo que estaba pasando. Semejante avalancha de disparates y errores solo se había visto en la Venezuela de Chávez, cuando el dictador mantenía a su nación en un estado de zozobra permanente, introduciendo elementos constantes de convulsión política y social de los que nadie podía escapar.

Obviamente, el protagonista colombiano fue menos efectivo en la aplicación de la estrategia de choque mediático, ya que, aunque logró saturar a la ciudadanía con declaraciones escandalosas y comportamientos depravados, hubo un muro —débil, agrietado y hasta deficiente si se quiere— que logró impedir que los desvaríos fueran protagonistas absolutos de la agenda mediática nacional.

El bufón de la guarida presidencial no pudo demoler la arquitectura democrática, aunque lo intentó con la fuerza que le permite su holgazanería habitual. Así, pese a las numerosas tentativas, la institucionalidad resistió los embates no solo contra las entidades y los funcionarios sino contra la prensa y los líderes de opinión que osaban cuestionar los disparates del capo.

Ahora, en el ocaso de su vida inútil, intentará seguir protagonizando la agenda nacional desde su tribuna favorita —la red social X— no solo para mantenerse vigente sino para avanzar en el propósito de erosionar el debate público, sustituyendo argumentos por provocaciones y legitimando ataques personales como la única estrategia populista que conoce y maneja.

Colombia no es la misma de finales de la década pasada, cuando un sujeto aparentemente disruptivo y presuntamente inteligente se jactaba de tener todas las soluciones para los múltiples problemas del país. Hoy, la nación conoce los resultados nefastos de permitir que semejante esperpento tomara vuelo y llegara a la Casa de Nariño.

De ahora en adelante, el inútil depravado enfocará buena parte de su vida «virtual» a lanzar distracciones cognitivas para desviar la atención de los graves problemas que deja, sustituyéndolos por temas irrelevantes como sus alucinantes —y equivocadas— teorías económicas, o sus realizaciones que, más allá del mundo de fantasía en el que habita, son comprobadamente inexistentes.

El individuo tratará de lanzar cortinas de humo mientras continúa ejecutando la estrategia psicológica de la proyección defensiva, atribuyendo a otros los errores propios como fórmula —que considera infalible— para desviar la atención.

Además, desde su tribuna, intentará avanzar en la manipulación de los hechos para que los medios hablen de lo accesorio y no de los verdaderos problemas en los que nos metió por su incapacidad, odio y mediocridad.

Frente a las embestidas del capo en declive, hay que aplicar la máxima de que al bagazo poco caso y al cagajón, poca atención. Tenemos problemas enormes, desafíos formidables y gente sufriendo como para prestarle atención a un inútil que ya demostró, con suficiencia, que lo suyo es el alboroto, los excesos y el ego desenfrenado, porque de ejecutorias, el marcador muestra que perdió… ¡Y por goleada!

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