Por Pedro Javier Castillo García
Es probable
que cuando pensamos en una guerra mundial imaginemos ejércitos enfrentados,
fronteras en llamas, ciudades destruidas y dos bandos claramente identificados.
Pero las guerras del siglo XXI son diferentes.
Hoy, buena
parte de las grandes confrontaciones ya no se libran necesariamente entre
naciones ni entre ejércitos. Se libran en las redes sociales, en las calles, en
los medios de comunicación y, sobre todo, en el territorio invisible de las
ideas. ¡Es una batalla por el relato!
De un lado,
quienes defienden una sociedad con mayores libertades individuales, menor
intervención del Estado y mayor responsabilidad de cada persona sobre su propio
destino. Del otro, quienes consideran que el Estado debe tener más intervención
en la vida social, económica y política, supeditado a la hipervigilancia
represiva.
El problema
es que esta confrontación ha dejado de ser exclusivamente ideológica. Ha entrado
en las familias, ha dividido a los amigos, ha enfrentado a los vecinos, ha
convertido las diferencias políticas en abismos personales que, en muchos
casos, parecen imposibles de cerrar. Y cuando una sociedad llega a ese punto,
la batalla ya no consiste únicamente en ganar elecciones, también consiste en
no perder la moral.
Por eso,
cuando una corriente política siente que está perdiendo terreno, necesita
símbolos, necesita gestos, necesita pequeñas victorias capaces de mantener
unido a su propio ejército cultural. La historia está llena de ejemplos: uno de
los más poderosos aparece en El Último Castillo,
la película protagonizada por Robert Redford. En ella, un general encarcelado
comienza a construir una resistencia contra el director de la prisión.
No lo hace
inicialmente con armas, lo hace con símbolos, una bandera izada al revés como
señal de auxilio, un saludo militar convertido en un código secreto; y, sobre
todo, un muro… ¡Un simple muro!
El director
comprende que aquel muro no era solamente una construcción de ladrillos. Era
algo mucho más peligroso: representaba la unidad, la dignidad y la resistencia
de quienes se habían rebelado contra él. Por eso intenta destruirlo, porque
había comprendido algo que los grandes estrategas de la política y de la guerra
conocen desde siempre: ¡Los símbolos no son objetos, son ideas que adquieren
una forma!
Y cuando
una idea encuentra un símbolo capaz de representarla, puede volverse mucho más
poderosa que el objeto que la contiene. Algo parecido parece estar ocurriendo
hoy en Colombia.
Después de
la derrota electoral del petrismo frente a Abelardo De La Espriella, la
izquierda colombiana ha vuelto a recurrir a algunas de sus narrativas
tradicionales: la denuncia del supuesto fraude, la victimización y el llamado a
recuperar las calles como escenario de confrontación política. Pero hay algo
que ha cambiado.
En 2021,
buena parte de las calles colombianas quedaron sometidas a una violencia que,
bajo la apariencia de protesta, terminó afectando a millones de ciudadanos.
Hoy, una parte de la sociedad parece menos dispuesta a aceptar que la violencia
pueda convertirse nuevamente en el mecanismo para imponer una agenda política.
Y allí
aparece un objeto tan sencillo como inesperado… ¡Un bate!
Todo
comenzó, en buena medida, a partir de un episodio en el que un grupo de
manifestantes protagonizó una situación de tensión frente a familias que se
encontraban en un McDonald's. Ante lo que consideró una amenaza el concejal de
Medellín Andrés Rodríguez, conocido como Gury, apareció públicamente con un
bate. El objeto, desde entonces, dejó de ser solamente un objeto, se convirtió
en un símbolo.
Para unos,
representa una amenaza, para otros, una provocación, para sus detractores, una
expresión de violencia, pero para miles de ciudadanos que se han identificado
con la imagen, el bate representa otra cosa: la decisión de no permanecer
indiferentes frente a la violencia, la defensa de la libertad, de la propiedad
privada y de las instituciones democráticas.
Ahí está
precisamente el poder de los símbolos: Porque el bate no es una piedra, no es
un machete, no es una bomba molotov, no es un arma diseñada para matar ¡Es un
objeto deportivo!
Y, sin
embargo, su carga simbólica ha terminado siendo mucho mayor que su tamaño… El
bate parece decir algo muy sencillo: "Hasta aquí".
Hasta aquí
con la intimidación, hasta aquí con la violencia disfrazada de protesta, hasta
aquí con la idea de que quien grita más fuerte o destruye más puede imponer su
voluntad sobre los demás. Quizás por eso el bate incomoda tanto, porque los
símbolos no necesitan explicar demasiado. Se entienden de inmediato.
Y el
fenómeno resulta todavía más llamativo por la reacción que ha generado.
El concejal
Andrés Rodríguez ha sido objeto de críticas, ataques políticos y
cuestionamientos de dirigentes de izquierda: Gustavo Petro, Iván Cepeda, Daniel
Quintero, Hernán Muriel y otros referentes del progresismo han contribuido,
directa o indirectamente, a mantener el bate en el centro de la conversación
política.
Paradójicamente,
quienes más han intentado convertirlo en un símbolo de violencia podrían haber
terminado haciendo exactamente lo contrario de lo que pretendían: multiplicar
su alcance, porque cada crítica aumenta su visibilidad, cada ataque amplifica
la discusión, cada intento de silenciarlo lo convierte en un tema nacional.
Y así, un
concejal de Medellín terminó convertido en un personaje conocido mucho más allá
de Antioquia. Incluso expresidentes latinoamericanos, como Rafael Correa, han
llegado a referirse públicamente a él… La paradoja es evidente.
Quizás
ningún otro concejal colombiano haya conseguido una trascendencia mediática
semejante. Y no necesariamente porque haya buscado convertirse en un fenómeno
nacional, sino porque el bate encontró una sociedad que ya estaba esperando un
símbolo. En la batalla de las narrativas, los símbolos pueden ser más poderosos
que los discursos.
Eso lo
entendió el general de El Último Castillo:
El muro no era el muro ¡Era la resistencia!
Y quizás el bate tampoco sea el bate para
quienes lo han adoptado como símbolo, representa
la decisión de no ceder el espacio público, la libertad y la democracia ante
quienes pretendan imponer sus ideas mediante la intimidación o la violencia.
Por eso sus
adversarios han entendido que no basta con atacar al hombre, hay que atacar el
símbolo, desgastarlo, deslegitimarlo, convertirlo en sinónimo de aquello que
sus seguidores creen combatir. Y en esa disputa, cada proceso jurídico, cada
denuncia y cada ataque político adquieren un significado que va mucho más allá
del propio concejal.
La
verdadera batalla no sería entonces contra un hombre, sería contra lo que ese
hombre representa. Porque derrotar al símbolo puede significar, para sus
adversarios, desmoralizar a quienes creen en él.
Pero aquí
aparece la gran pregunta: ¿Qué pasa cuando un símbolo deja de pertenecer a
quien lo creó?
El bate ya
no es solamente de Gury, es de quienes lo han convertido en una expresión de
resistencia, de quienes creen que la democracia debe defenderse, de quienes no
están dispuestos a entregar las calles a la violencia, de quienes consideran
que la libertad no se conserva sola.
Y quizás
esa sea la razón por la que el bate ha terminado siendo mucho más incómodo de
lo que cualquiera habría imaginado, porque en la política, como en la guerra,
hay objetos que pesan poco en la mano, pero pesan toneladas en el imaginario
colectivo: ¡El bate puede ser simplemente un bate, o puede ser un muro!
Y todos
sabemos lo difícil que es derribar un muro cuando, detrás de él, ya no hay
ladrillos… Hay una idea.

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