Por Lorena Lázaro
Senador Iván Cepeda:
Le escribo estas líneas no desde el lenguaje de la tribuna parlamentaria, el cual desconozco y desprecio, sino desde la severa soledad de los bosques de Concord, donde aprendí que la única patria del hombre libre es su propia conciencia. He observado sus apelaciones a la "desobediencia civil", y como autor de la idea de que un hombre justo debe romper la ley cuando esta lo obliga a ser el agente de una injusticia, me veo en la obligación ética de desnudar la falsedad de su discurso.
Cuando examino la historia moderna, veo hombres que, con imperfecciones, rozaron la grandeza de la objeción de conciencia. A Mohandas Gandhi podría criticarle la masificación de su movimiento; a Martin Luther King, su excesiva fe en que las leyes del Congreso podían remendar el alma de una nación; a Nelson Mandela, su pragmatismo final al sentarse en la silla del magistrado. Pero mis críticas hacia ellos son, en última instancia, querellas filosóficas sobre el método. Ninguno de ellos dejó de poner el cuerpo: pagaron con años de presidio, con el destierro y con el asedio del poder el derecho a llamar "desobediencia" a sus actos. Desobedecieron desde abajo, sufriendo el peso del Estado.
Lo que usted hace, senador, es una impostura de un orden completamente distinto, y la rechazo con la mayor vehemencia.
Usted pretende vestir con el ropaje sagrado de la desobediencia civil lo que no es más que una vulgar estrategia de agitación partidista. Usted no está desafiando al Estado para salvaguardar su integridad moral; usted ES el Estado. Usted es un legislador de la República, un hombre protegido por la inmunidad parlamentaria, que goza de los privilegios, escoltas y salarios que paga el mismo pueblo a través de los impuestos coercitivos que yo me negué a financiar.
Que un funcionario público con poder real convoque a la "desobediencia" para presionar a las cortes o a sus contradictores políticos no es resistencia: es coerción estatal disfrazada de victimismo.
Pero su jugada más peligrosa y contradictoria —aquella que traiciona cualquier noción de libertad— es su pretensión de convocar a una Asamblea Constituyente con el argumento de "cuidar las conquistas" de su proyecto político.
Entiéndalo bien: la idea de refundar las leyes superiores de una nación para blindar los dogmas de una facción y someter a la minoría bajo el rodillo de una supuesta "voluntad popular" no tiene nada que ver con la libertad. Al proponer que las masas se movilicen para petrificar su visión del mundo en un texto legal, usted se está comportando más como un fascista que como un amante devoto de la libertad. El fascismo siempre ha amado la calle, siempre ha amado las grandes concentraciones y las apelaciones al "pueblo soberano" para aplastar las instituciones que le estorban.
Un verdadero amante de la libertad no busca crear un Estado más fuerte, ni más leyes, ni constituciones perfectas para pastorear a los ciudadanos. Busca que el Estado se aparte. Busca que el individuo sea soberano. Al querer utilizar el poder constituyente como un escudo para sus fines políticos, usted demuestra que no confía en la conciencia libre de los hombres, sino en la maquinaria del control legal.
La desobediencia civil es el último recurso del individuo desarmado frente al tirano. Cuando el cortesano y el legislador intentan expropiar ese recurso para defender su propia parcela de poder, cometen la más baja de las profanaciones políticas. Si de verdad desea ser un desobediente, renuncie a su curul, despójese de sus prebendas, camine solo y asuma las consecuencias de sus actos. Mientras tanto, sus palabras no son más que retórica de palacio.
Desde Walden,
Henry David Thoreau

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