Por Jaime Restrepo Vásquez
En el abelardismo, reina la esperanza y la convicción de una victoria en segunda vuelta. Aunque esa confianza es alentadora, la realidad es que el bando criminal seguirá maquinando y actuando para aferrarse al poder.
No es hora de triunfalismos: nadie ha ganado nada. Enfrentar una gigantesca maquinaria estatal, cuya operación se hace de espaldas a la ley y a la ética —ni hablar de la amoralidad rampante—, con un creciente y bien aceitado aparato violento, deberían ser razones suficientes para mantener las alarmas encendidas y la voluntad de votar a todo vapor.
Queda una semana y en ese tiempo, a Petro y a sus esbirros se les pueden ocurrir decenas de disparates para empujar, a la fuerza, al heredero de las FARC al solio de Bolívar: ampliar la compra de votos, masacres «preventivas» aquí y allá para amedrentar a las comunidades a votar por el que ellos quieren —Iván Cepeda—; una reducción gigantesca en el precio de la gasolina, la desmembración de un departamento o la expedición de algún decreto de conmoción interior para sabotear las elecciones… ¡Todo puede pasar!
Así las cosas, la única opción del bando del respeto y del acatamiento a la ley —el que representa Abelardo De la Espriella— es seguir motivando cada día a la gente para que salga a votar; conversar con cada ciudadano que permita un acercamiento no solo para que conozca el programa sino al líder que puede ejecutarlo y dejarle claro que su voto puede representar la diferencia entre la libertad y la esclavitud comunista.
Hace muchos años, un candidato a la Alcaldía de un pueblo cercano a Bogotá, que era reconocido por los lugareños y había sido alcalde en varias oportunidades, me decía que todos los días se levantaba a las 5 de la mañana como si no tuviera ni un solo voto, agarraba su camioneta con un modesto equipo de perifoneo y recorría veredas y corregimientos para invitar a la gente a que votara por él. Sobra decir que ganó las elecciones… ¡Y por goleada!
Es la misma actitud que deben tener todos los seguidores de Abelardo De la Espriella: en el bus, en el trabajo, en el partido de fútbol, en la cafetería o en cualquier lugar… Deben seguir trabajando como si no tuvieran ni un sufragio en la urna, porque esta última semana es muy peligrosa y puede llevar a muchos a la confianza ingenua, creyendo que ya todo está consumado y que el candidato no necesita del voto.
Con el nivel de trampa que ha expuesto la impúdica campaña del Pacto Histórico, las arbitrariedades que han cometido desde el gobierno, más la inclinación del partido de los jueces por Cepeda, queda claro que la victoria no está decidida y que, de lograrla el 21 de junio, será un triunfo que reivindicará a millones de víctimas, a miles de enfermos sin medicamentos ni atención y a centenares de propietarios aterrados por perder sus bienes debido al impuesto expropiatorio del catastro multipropósito de Petro.
Pero, sobre todo, será la victoria del bando de la legalidad que derrotará a la banda criminal que quiere perpetuarse en el poder. Nada de celebrar antes de llegar a la meta: hay que evitar en la mentalidad de los votantes el dar la victoria por sentada.

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