POR UN BUEN CAFÉ


Por Lorena Lázaro, abogada

Para una mujer que se mueve entre leyes y argumentos, el concepto de "mínimo vital" no es una abstracción jurídica; es el aroma que sube de una taza de porcelana varias veces al día. 

Es ese rito sagrado donde el café de origen, nacido en las tierras de amigos que cuidan su cafetal como un patrimonio, dicta la pauta con una tostión media que permite que el grano cuente su historia sin gritar.

Sin embargo, el mundo exterior suele ser hostil para un paladar educado en la excelencia. Cuando la calle apremia, la justicia se encuentra en los lugares menos pensados: en el café de un Oxxo, que guarda el rigor del grano Quindío, o en la honestidad de un Tostao que aún apuesta por las manos de pequeños caficultores colombianos. Allí, al menos, el café es digno.

La verdadera tragedia ocurre cuando el marketing intenta suplantar la esencia. Tres veces han bastado para dictar una sentencia condenatoria contra Juan Valdez. 

No hay defensa posible para un café que se sirve con la desidia de un termo olvidado, ni para esa preparación que, en lugar de cuerpo y alma, parece apenas "agua mugre". 

La última afrenta fue un americano que no supo a montaña, sino a ceniza; un sabor a quemado, rastrero, por debajo incluso de la pasilla más humilde, que terminó por descomponerme el estómago.

Resulta un contrasentido amargo, casi una burla a la soberanía nacional, descubrir que tras esa imagen de campesino y mula se esconde, según dicen los datos, la sombra del grano vietnamita, más barato y ajeno a nuestra tierra, por aquellos de la demanda nacional, lo colombiano fuera del país y para satisfacer la demanda aquí, el vietnamita. 

Es difícil entender cómo las mayorías se rinden ante una marca que ha convertido el tueste en un incendio, entregando un producto que huele a olvido y sabe a castigo, mientras el verdadero tesoro de los cafetales colombianos sigue esperando a quienes, como yo, no aceptan menos que la verdad en cada sorbo.

Agradezco que me inviten cafés, amo el café. Pero jamás me inviten un café de Juan Valdez, es un horror.

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