LOS JUICIOS «REVOLUCIONARIOS»: REGRESAMOS A LA CAVERNA

 


Por Jaime Restrepo Vásquez

Por unos años, muchos pensamos que la barbarie del secuestro había sido superada en Colombia. Pero nos equivocamos: el ELN, en otra exhibición de soberbia e impunidad, «condenó» a dos investigadores del CTI y a dos policías secuestrados en Arauca a permanecer en una presunta «prisión revolucionaria» por varios años.

De inmediato, volvieron a la memoria los campos de concentración de las FARC, en donde tenían secuestrados —ni prisioneros, ni rehenes— a decenas de militares y policías que eran, en realidad, mercancía humana para que Iván Cepeda, Piedad Córdoba y Petro, con la bendición y apoyo de Chávez, Correa y Lula, hicieran política presionando por un tal acuerdo humanitario que buscaba doblegar al Estado a los caprichos del narcoterrorismo.

¡Pues volvimos a lo mismo! O, mejor dicho, Petro nos regresó a esos tiempos en los cuales, panzones oligarcas como alias Raúl Reyes o alias El Mono Jojoy se pavoneaban frente a las jaulas en las que mantenían a los secuestrados.

Otra vez, volveremos a ver a los capos del narcoterrorismo justificando sus atrocidades ante el mundo, mientras en el epicentro del poder, los operadores políticos y sus esbirros en los medios presionarán al Estado para que cumpla con las pretensiones delirantes del ELN que ya habla de canje humanitario y de intercambio de «prisioneros de guerra».

Esto es un déjà vu en el que volveremos a ver a esposas, madres e hijos clamando, en los medios que se dignen abrirles algún espacio, por el respeto a la vida y el pronto regreso de sus seres queridos mientras presionan —con toda la razón, dadas sus circunstancias— por el canje humanitario.

Ahí volverán a aparecer las cajas de resonancia del narcoterrorismo, con sus declaraciones de presión y señalando al gobierno de turno de ser inhumano y cruel con las víctimas, mientras guardan un silencio cómplice sobre los verdaderos responsables de la barbarie. La fallecida Piedad Córdoba estaría relamiéndose ante el banquete que sirvieron Petro y el ELN y prepararía un turbante acorde con la situación para aparecer en el epicentro del espectáculo atroz del secuestro político.

Hay varias consideraciones en la salvajada perpetrada por el ELN. Según el soberbio narcoterrorista que consideró que estaba leyendo una sentencia judicial legítima, los narcoterroristas decidieron perdonarles la vida a los cuatro secuestrados y no proceder con la pena capital —ejecución— contra las víctimas… ¡Tan queridos los narcoterroristas! No les quitaron la vida, pero sí los despojaron de la libertad por varios años, es decir, una infamia descarada que solo es posible en la operación militar y política de los bárbaros criminales.

Otra consideración a tener en cuenta es el motivo de la «condena». Según el despreciable asno que profiere la «sentencia», los cuatro cometieron el delito de «pertenencia a un organismo del Estado dedicado a la comisión de crímenes de lesa humanidad». Esta es una amenaza directa para todos los funcionarios públicos, especialmente para los miembros de las FF.AA. que volverán a ser mercancía humana que aprovecharán los depravados que volvieron a estar empoderados gracias a la falacia de la Paz Total de Petro y Cepeda.

 ¡Y qué tal los monstruos! En la lectura del «fallo» —no existe una payasada más ruin y despreciable que la publicada por el ELN— anunciaron hasta rebaja de penas por buen comportamiento y, sobre todo, por ayudar en el esclarecimiento de la «verdad».

Esto significa que, como en la JEP, a los investigadores y policías secuestrados solo les queda la opción de declararse culpables de crímenes que no cometieron, inventando relatos y tratando de hacer coincidir, a la fuerza, circunstancias de modo, tiempo y lugar para que les den la libertad, pues de otro modo, se pudrirán en la selva.

Es, en la práctica, lo mismo que pasa en el aparato judicial de las FARC con los militares que han tenido que confesar un sinnúmero de crímenes para beneficiarse de la presunta y «revolucionaria» justicia licuadora, en la cual mezclaron unas porciones de justicia transicional con otras de justicia restaurativa y unas pocas pizcas, simbólicas en realidad, de justicia retributiva.

Lo más siniestro de todo es que algunos colombianos quieren repetir la dosis, profundizar en la monstruosidad de los criminales tomando decisiones sobre la vida de sus víctimas y anhelan, en esa deformidad moral que padecen, poner a esos terroristas como adalides de la moral y de la decencia.

Hay que decirlo: Colombia ha sido destruida y estamos viviendo, sin darnos cuenta, en los escombros.

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