Por Jaime Restrepo Vásquez
Imagine que va por una calle y aparece una señal de pare. Sin embargo, el conductor del vehículo que tiene adelante decide, arbitrariamente, interpretar ese pare como si fuera una señal de avanzar e incrementar la velocidad. El resultado: un espantoso accidente con el automotor que tenía la vía, todo porque el que iba delante desconoció el verdadero significado de la señal.
El idioma es el código que tenemos para entendernos, como lo han explicado filósofos y teóricos de la comunicación como Ferdinand de Saussure, que lo definen como un sistema de signos y reglas compartidas que permiten la interacción social y cultural.
¿Y los que hablamos español, dónde encontramos esas reglas? ¡Pues en el diccionario de la RAE! Si tengo dudas sobre el significado de una palabra, dejo la pereza, abro la aplicación, escribo la palabra y asunto solucionado. Lo que no puede pasar es que, por tozudez e ignorancia, le atribuya un significado arbitrario a una palabra y, por ausencia de rigor, no consulte si mi significado se parece, por lo menos, a lo que dice la RAE.
Más claro: no puedo darle a una palabra el significado que me dé la gana ni mucho menos hacer gala de mi analfabetismo, peleando porque alguien utiliza bien un término y a mi no me gusta por puro prurito politiquero. Eso ha hecho la izquierda en Colombia durante décadas: pelear a brazo partido por imponer sus propias y disparatadas interpretaciones del lenguaje, convirtiendo la comunicación en una torre de Babel.
Ellos, la izquierda, han querido borrar, por ejemplo, la palabra secuestro y la volvieron retención. A la extorsión política con los secuestrados la llamaron «canje humanitario», al pueblo lo resignificaron como si fuera un término solo atribuible a sus huestes fanáticas y la democracia la distorsionaron hasta convertirla en la necesidad de imponer un modelo totalitario.
La realidad es que el comunismo ha utilizado, con frecuencia, los eufemismos ideológicos como herramienta política, pues al cambiar el significado de las palabras se apropian del lenguaje y controlan el marco semántico en el que se discuten los problemas sociales, rompiendo las reglas y significados del código de comunicación que es el idioma.
Por desgracia, el asunto de la arbitrariedad del lenguaje se ha impuesto en Colombia al punto de que hoy por hoy, los presuntos simpatizantes de la derecha utilizan y defienden a rabiar el hecho de reescribir significados para legitimar narrativas políticas. En otras palabras: están utilizando las mismas técnicas pavorosas de la izquierda que dicen cuestionar. Eso, además de patético, es un homenaje a la manipulación del lenguaje que hacen los comunistas.
Lo peor es que si usted se atreve a desafiar esos burdos intentos de reescribir significados, termina siendo cuestionado, atacado y prácticamente censurado porque —según algunos— es un insulto clasista el defender el lenguaje y tratar de darle el uso correcto a una palabra.
¿Y dónde queda el fondo del problema? Me temo que no lo entienden, que en esa oleada de fanatismos politiqueros que están en furor en Colombia, poco importa apropiarse de los métodos del comunismo para tratar de justificar una posición que, en realidad y con rigor, es indefendible.
Lo único que les importa a algunos presuntos seguidores de la derecha es tener la razón en lugar de ser razonables. Los espectadores en un chat de un grupo de WhatsApp, igual o peor de confundidos, ven la corrección como una afrenta clasista que suscita pelas que creen inútiles, cuando en realidad, la defensa de la precisión del lenguaje es la base de la contrabatalla cultural que estamos librando en oposición al comunismo.
Ahí está la diferencia, fundamental a mi juicio, entre defender una postura política con la profundidad de un charco y librar la guerra cultural que se da en el terreno de las ideas y del idioma. Lo primero lo hace cualquier activista mediocre mientras que lo segundo lo aborda quien tiene los conocimientos para hacerlo.
Me temo que estamos perdiendo la guerra, porque los fundamentalistas iletrados de la «derecha» tienen los mismos vicios de resentimiento social e intelectual que padece la izquierda. No hay que callar, así toque librar batallas contra los idiotas útiles del comunismo que se disfrazan de «derecha», pues al final, de lo que se trata es de defender a la civilización occidental de los vicios y mañas de sus enemigos.

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