Por Jaime Restrepo Vásquez
La gente escucha hablar de educación pública y
automáticamente relaciona esas dos palabras con la posibilidad de que los niños
y jóvenes con menos ingresos tengan la oportunidad de estudiar y construir un
futuro.
Pero eso es un engaño. En Colombia, la educación pública que
defienden la izquierda y Fecode, es un pozo sin fondo en el que se pierden
billones de pesos. Atérrese con esta cifra: desde 2010 hasta 2026, Colombia ha
gastado —literalmente— 1 086 BILLONES de pesos en «educación». De hecho, ha
sido el sector con mayor asignación en el presupuesto nacional.
¿Y esa plata en qué se ha visto? En nada. Ciertamente no
mejoró la educación, ni facilitó el acceso de los jóvenes a las universidades,
ni permitió un mejor desempeño social, económico o intelectual de los
infortunados que tienen que padecer ese laberinto burocrático y clientelar de
la educación pública.
El objetivo de que el Estado tenga las narices metidas en la
educación pareciera simple: facilitar la movilidad social, especialmente para
los estratos menos adinerados. Pero eso no se cumple. De hecho, la
educación pública es una incubadora de gente descontenta y frustrada que cree que,
con un cartón en áreas del conocimiento con poco mercado, va a conquistar el
mundo y de esa manera, saldrá de las penurias económicas.
Pero ese frustrado joven siempre se estrellará contra la
realidad: ese cartón no le sirve para nada, salvo para tratar de engrasar los
contactos logrados a ver si de repente, obtiene un cargo público en el que
se convierta en vocero clientelar de algún político, porque a una empresa, difícilmente,
le puede ser útil un sociólogo, un antropólogo o un historiador salido de una
universidad pública. Seamos francos: para una empresa privada, esos cartones
tienen unas enormes letras rojas que dicen ¡sindicalista problemático!
Así las cosas, Colombia ha dilapidado 1 086 billones de
pesos en pichones de terroristas, en miembros destacados de agitprop
o en mano de obra esclava
para las fuerzas de choque del comunismo. Es más: el mal llamado estallido
social de 2021 fue la manifestación más violenta de las «utilidades» nefastas que
rindieron esos billones de pesos lanzados a la caneca.
Porque esa plata se utiliza para mantener audiencias
cautivas, clientelas fieles que buscan nuevos correligionarios comunistas en
las aulas y facultades, adoctrinadores profesionales que desconocen la palabra educación,
pero manejan al dedillo los conceptos relacionados con Marx, con la justicia
social y con la redistribución de la riqueza, pues esos son caramelos que
endulzan los oídos de esos resentidos sociales que han sido deformados en ese sistema pernicioso
de la educación pública.
Por lo anterior, al establecimiento le resulta herético el
solo mencionar el desmonte de la educación pública, pues ¿en qué otra cosa va a
poner a parasitar a sus clientelas con salarios superiores a los 90 millones de
pesos mensuales, como ha pasado en la Universidad
de Sucre?
Pero la herejía hay que repetirla: la educación pública es
un desperdicio diseñado para mantener un sistema clientelar y burocrático que
no satisface las necesidades ni beneficia a Colombia. Por esa razón, esos
enormes recursos deben ir a los padres o a los estudiantes jóvenes, para que
definan el lugar en el que quieren estudiar y adquieran las herramientas que
les permitan surgir y tener un mejor porvenir.
El mecanismo, propuesto por Milton Friedman en 1955, es
contundente: el Estado entrega a las familias un subsidio para cubrir los
gastos escolares en el colegio o en la universidad de su elección. Esto ha sido
aplicado en Estados Unidos, Chile, Suecia, Irlanda y Hong Kong con muy buenos
resultados, pues al final de cuentas, respeta la libertad fundamental de las
familias de elegir el colegio o universidad de su preferencia, sin tener que
renunciar por cuenta de las dificultades económicas. De hecho, el filtro se
concentra en la disciplina y en las capacidades intelectuales del alumno y no en los
ceros en la cuenta de los padres.
Además, fomenta la competencia entre instituciones educativas,
esa que no existe en la educación pública porque no se puede evaluar a los
maestros «fecodizados», ni aplicarles pruebas de conocimientos, ni mucho menos medir
sus resultados ya que pertenecen a una élite perniciosa atornillada a los
cargos y defendida a muerte desde los enclaves políticos.
Echar a la caneca más de mil billones de pesos es una monstruosidad. Desperdiciar semejantes recursos fabulosos en una estructura mafiosa y clientelar como la educación pública es, en la práctica, financiar por la puerta de atrás las maquinarias politiqueras y violentas de Colombia. Hay que quitarles a los criminales esa incubadora de forajidos.

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