Gustavo Petro se estrelló contra la realidad: en Colombia, la
mayoría de poseedores de tierras son personas humildes que han logrado, con
mucho esfuerzo, hacerse a un pedazo de tierra para trabajar.
Él pensaba, como cualquier chavista ortodoxo, que la tierra
en el país estaba en manos de los grandes potentados, de esos ricos abusivos que
dejaban vastas extensiones de tierra sin producir y por eso decidió ponerlos a
pagar impuestos altísimos mediante el predial. El asunto es, desde la perspectiva
del petrocepedismo, la aplicación plena de la justicia social en el campo
colombiano.
Pero como siempre, Petro se equivocó. El reciente paro de
propietarios afectados por la expropiación tributaria impulsada en el Plan
Nacional de Desarrollo demostró que la ruralidad colombiana no es de grandes
hacendados sino de pequeños propietarios que están asfixiados por la decisión
de Petro de avanzar en la actualización
masiva de los avalúos catastrales en todo el país.
De hecho, el «genio matemático» presidencial no entendió
algo simple: al aumentar los avalúos, la base gravable del impuesto predial
sube, lo que finalmente termina generando mayores pagos para los propietarios,
que no son los ricos y malvados terratenientes a los que Petro ha querido
asaltar con más impuestos.
Al contrario: el estrellón de Petro —y de las FARC, porque
la actualización del predial viene del acuerdo con esa organización
narcoterrorista en el punto relacionado con la reforma rural integral—
demuestra que el segmento más grande de propietarios pertenece a la clase media
campesina que no puede darse el lujo de pagar incrementos desproporcionados porque
tiene que comer, pagar salarios y sobrevivir.
Como Petro vive en Narnia, o en «agendas privadas» para releer
a Marx, jamás entendió que Colombia, por lo menos en lo rural, es un país de
clase media y que cualquier carga impositiva afecta el bienestar de las
familias y derrumba la agónica productividad del campo colombiano.
Sin embargo, lo más dramático —y patético— es que el
incremento disparatado del impuesto predial dejó al descubierto otra realidad
que ahora se empeñarán en ocultar: el mayor porcentaje de tierras en Colombia está
en poder de las minorías indígenas, quienes son ampliamente favorecidas por la
legislación vigente.
Así las cosas, mientras los ciudadanos que trabajan de sol a
sol en sus parcelas tienen que rebuscarse los recursos para pagar los prediales
o perder sus tierras ante la imposibilidad de asumir el incremento desmedido de
dicho impuesto, los verdaderos terratenientes, los que tienen el 31,5 % de las
tierras en Colombia, en la práctica no pagan impuestos ni se ven afectados por
las políticas expropiatorias del gobierno.
Es que los pueblos indígenas son los más grandes poseedores
de tierras en Colombia, pues cuentan con 36
millones de hectáreas tituladas. Sin embargo, ojo con este dato, la población de indios en Colombia es de 1.4 millones, lo que corresponde al 3,3 % del total de
la población colombiana, lo que significa que la tierra está altamente
concentrada en un diminuto segmento poblacional.
Sin embargo, semejante descaro y tamaña injusticia se agrava
al considerar que los resguardos indígenas tienen compensaciones y tratamientos
especiales, puesto que el gobierno cubre o subsidia el predial de los
verdaderos terratenientes colombianos, es decir, de los pueblos indígenas.
Entonces, surgen dos realidades: la primera es que los
mayores poseedores de tierra en Colombia no pagan impuestos —los pagamos por
ellos a través del erario—. La segunda es que la mayoría de tierras en poder de
los grandes terratenientes indígenas no son productivas —por lo menos con
productos legales, porque hay que ver lo que pasa en el Cauca y en Nariño con
los cultivos «ancestrales» a los que dedican esas tierras—.
Petro y Cepeda hablan de redistribuir la riqueza, pero la de
aquellos que no están en el llavero de la progresía, porque las fuerzas
paramilitares del petrismo —los indios de la minga—, además de ser los grandes e
inútiles terratenientes de Colombia, son beneficiados con el absurdo de que
somos todos los demás colombianos quienes les pagamos el impuesto predial.
Seamos claros: los terratenientes indígenas son una minoría poblacional pero sus territorios «ancestrales» tienen un peso desproporcionado en extensión con respecto a la posesión de la tierra en Colombia. Así las cosas, la solución parece simple: ¡Qué los indios también paguen impuestos o que devuelvan las tierras!

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