Por Lorena Lázaro O.
En Colombia, el cielo ya no pertenece a los patriotas ni a las cometas que alguna vez soñamos; hoy, en Nariño, el cielo tiene dueños con drones y el beneplácito de una "Paz Total" que se escribe con la sangre de quienes no tienen oficina en la Casa de Nariño.
Mientras el mandatario se pierde en las galaxias de su propio ego frente a una pantalla de celular, nuestras tropas en el sur están siendo cazadas como si el Derecho Internacional Humanitario fuera un manual de instrucciones para dejarse asesinar. Es devastador, casi tanto como el silencio cómplice de un Ministerio de Defensa que parece más una oficina de trámites funerarios que el comando superior de una fuerza pública con siglos de historia sobre sus hombros.
Como alguien que nació y creció entre los muros de un batallón, que entiende que el honor no es una palabra de diccionario sino el aroma del uniforme al amanecer, ver las imágenes que llegan desde las selvas nariñenses me rompe el alma. Pero como magíster en Derecho Internacional de los Conflictos Armados, lo que siento es una furia técnica. Han convertido el principio de distinción en una trampa mortal: ahora el soldado debe dudar, debe esperar, debe casi pedir permiso por escrito mientras el explosivo le cae desde un aparato que este Gobierno no ha querido neutralizar porque, al parecer, comprar tecnología de inhibición no es tan "progresista" como financiar colectivos de "gestores" que solo saben incendiar la institucionalidad.
Los culpables principales de esta carnicería tienen nombre y apellido, y se sientan en consejos de seguridad que parecen más clubes de lectura que centros de mando. Han desmantelado la inteligencia estratégica bajo la excusa de la pureza ideológica, dejando al oficial y al suboficial ciegos en el terreno, enfrentando una guerra del siglo XXI con unas Reglas de Enfrentamiento que parecen redactadas por el enemigo.
Es cínico, es criminal y es, sobre todo, una violación sistemática al deber constitucional de protección. La "necesidad del servicio" no es una licencia para el sacrificio inútil, y la jurisprudencia de este país tarde o temprano tendrá que cobrarle a este Ejecutivo el abandono de sus propios hombres, a quienes ha dejado en un limbo jurídico donde defenderse es delito y morir es apenas una estadística para el siguiente discurso de victimización internacional.
Al militar que hoy mira el horizonte con la angustia de saber que el Estado le ha quitado los dientes para pelear, le queda la certeza de que existimos quienes conocemos la ley y no vamos a callar. El país se les está deshaciendo entre las manos mientras el Gobierno juega a la diplomacia con bandidos que solo entienden el lenguaje del terror.
Señor Presidente, bájese de la nube de su retórica barata y mire el barro de Nariño; el camuflado de nuestros soldados no es un disfraz de carnaval para sus fotos de prensa, es la piel de la nación que usted, por desidia o por estrategia, está permitiendo que desgarren. Si la gorra de Comandante Supremo le queda grande por su falta de pantalones, tenga la decencia de dejar que la justicia y la verdadera fuerza retomen el lugar que su indolencia les arrebató.

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