FASCISMO, EL HIJO REBELDE DEL SOCIALISMO ACTUAL


Por Lorena Lázaro Ocampo, abogada

La izquierda digital ha descubierto un pasatiempo fascinante: estirar la palabra “fascismo” hasta que pierda su forma original y se convierta en una red donde quepa cualquier defensa de la libertad individual o la propiedad privada.

Alegan, con una soberbia proporcional a su ignorancia, que el fascismo no se limita al estatismo de Mussolini. Tienen razón, pero no por las razones que creen: el fascismo es, ante todo, una reacción al liberalismo y una rama del colectivismo.

Si quieren hablar de variantes, hablemos de la raíz. No importa si es el fascismo clásico, el falangismo o el nacionalsocialismo; todos comparten un denominador común que la izquierda hoy convenientemente olvida: el desprecio absoluto por el individuo frente a la “masa” o el “pueblo”.

Intentar etiquetar como fascista a quien promueve la apertura económica o el capitalismo es incurrir en una contradicción ontológica. El fascismo aborrece la mano invisible del mercado porque prefiere la mano de hierro del planificador.

Dicen que el “neofascismo” achica el Estado mientras oprime. Mienten con descaro. El ejercicio legítimo de la autoridad para garantizar la seguridad —ese “autoritarismo” que le endilgan a figuras como Bukele o a la vehemencia técnica de Abelardo de la Espriella— no es fascismo; es el cumplimiento del contrato social básico. Lo que realmente les irrita es que alguien use las instituciones para restaurar el orden y no para imponer una ingeniería social colectivista.

El fascismo no se define por la “mano dura”, se define por la anulación de la libertad individual en favor de un fin supremo colectivo. Por eso, es el actual progresismo el que más se acerca a esos vicios: pretenden controlar el lenguaje, perseguir al disidente y tutelar la vida privada bajo el pretexto de un “bien común” superior. Eso es fascismo con pretensiones de virtud.

La derecha que hoy emerge no pide perdón por defender el capital, ni permiso para aplicar la ley. No somos la nostalgia de una constitución vieja, sino la vanguardia de una libertad que entiende que sin orden no hay derechos. Sigan rumiando sus “20 tipos de fascismo” de manual de sociología barata; mientras ustedes se pierden en la semántica, nosotros nos quedamos con los hechos: el fascismo es estatismo, y el estatismo es el hijo bobo del socialismo del siglo XXI, y por definición, su religión.

La historia es implacable: el fascismo nació para destruir al individuo libre. Intentar usarlo hoy para atacar a quienes defendemos la libertad es, en el mejor de los casos, un error de lectura; en el peor, una estafa intelectual para blanquear su propio autoritarismo.

Comentarios