Por Jaime Restrepo Vásquez
Ha transcurrido el 90 % del gobierno de Petro. Ha sido un periodo desgastante, inútil y soez. Un tiempo en el que lo peor de lo peor ha ostentado el poder, no por méritos, o por condiciones personales e intelectuales levemente notables, sino por el culto al pobrismo, a la disidencia sin sustento y a la amoralidad como valor paradigmático en la sociedad.
Ser negro «revolucionario», actor homosexual, travesti, prostituta, estafadora o falsificadora —y si consume sustancias psicoactivas, mucho mejor— son los requisitos establecidos por Petro para ingresar a la kakistocracia gubernamental. El mérito, como forma de reconocimiento a lo que hace alguien para mejorar sus condiciones personales y colectivas, le dio paso a los antivalores, a la depravación y al culto a la queja eterna como razones suficientes para gobernar a una nación.
El daño ya está hecho. En la mente de los colombianos ha sido sembrada una idea que tardará generaciones en diluirse: si un bachiller sin credenciales logró ser ministro, si una falsificadora con buenas conexiones llegó a un viceministerio, si un actor gay que ha fornicado en películas XXX pudo ser ministro, ¿por qué yo no? Lo anterior también explica la aparición de más de 100 candidatos a la Presidencia a finales de 2025, pues si Petro, semejante ignorante, llegó a la Casa de Nariño, ¿por qué ellos no?
Me temo que ese 90 % de mandato de Petro reconfiguró el mapa social, tanto como lo hicieron Pablo Escobar y los Rodríguez Orejuela en su momento. Así, el mensaje subyacente es que el estudio, la lectura, el pensamiento crítico y la disciplina no son fuentes de crecimiento; que el esfuerzo y el trabajo duro solo sirven para pagar impuestos y ser estigmatizado por el éxito alcanzado.
Esa es la realidad. Ha sido un periodo de reconfiguración de la mentalidad colombiana, una reingeniería social en la cual la adulación extrema, el parasitismo impúdico, la invocación del mantra «revolución» y el orgullo por transitar un camino abyecto se convirtieron en condiciones fundamentales para conectarse con la sordidez del poder.
Las elecciones del 8 de marzo muestran que, en lo social, se perdió la guerra, pues ese 90 % de Petro en la Presidencia plantó un modelo distinto y siniestro para alcanzar el éxito. Las puertas han sido cerradas para los más aplicados en el estudio, para quienes se desvelan en las noches leyendo y entendiendo lo que leen y para los visionarios que encuentran oportunidades en las crisis: a esos, Petro los convirtió en parias y les negó de plano el reconocimiento y el premio a su tesón.
De hecho, es la marginalidad mental, la falta de fundamentos intelectuales, éticos y morales; el desprecio por el talento y el premio a la codicia criminal por los bienes ajenos —exhibida sin pudor durante ese cuarto de hora que les ha dado el petrismo— son las cartas de presentación en un desgobierno que esperan prolongar por muchas décadas en Colombia.
Colombia cambió, y lo hizo para empeorar. Hay cuatro millones y medio de ciudadanos que se sienten identificados con el feísmo, la chabacanería, la depravación, la violencia y el pillaje. Son 4.5 millones de colombianos que anhelan una oportunidad para ostentar algún poder en medio de la mediocridad y la idiotez reinante. Esos millones no quieren cambiar nada: solo buscan algún reconocimiento y la oportunidad de ejecutar una venganza extrema contra todo aquel que consideren como la fuente de sus penurias.
Naturalmente, con esa incapacidad de razonamiento que los llevó a votar por los verdugos en el Congreso, no verán lo evidente: que siguen respaldando a quienes los quieren en la inopia, que el Estado, por más gigantismo que quiera inyectarle el nefasto Petro, no tiene cama para tanta gente y que un enorme porcentaje de esos electores se quedará congelado en la esperanza de tener y aparentar mientras transita por el eterno camino de la pobreza.
Ni hablar de la desigualdad, esa que se agudizará con la élite de mediocres relacionados con el círculo de poder, porque a esos solo los desterrará de sus feudos algún error con el capo: así no hagan nada, ni ejecuten, ni tengan algo para mostrar, lo importante será el servilismo extremo. De hecho, no incomodar ni molestar al patrón será la única premisa válida para conservar el puesto. Así las cosas, mientras la adulación sea generosa y la sumisión se manifieste, estarán a salvo de las purgas frecuentes que adelanta Gustavo Petro.
Colombia firmó, en buena medida, su propia acta de defunción y los que celebran el triunfo del Pacto Histórico solo aplauden una maquinaria feroz, sangrienta y voraz que terminará por triturarlos con dolor, hambre y miseria extrema. Era tan fácil mirar al vecino para conocer las consecuencias de sus decisiones, pero prefirieron mirar sus odios, resentimientos, envidias y… ¡estómagos!

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